La historia de don Agustín (86) y doña Catalina Muñoz (84) es la historia de dos hermanos que la vida separó durante 80 años y que finalmente pudieron reencontrarse.
Es también el reflejo de una época en la que muchas familias del interior quedaron divididas por la necesidad y las dificultades para mantenerse comunicadas. En aquellos años, primera mitad del siglo XX, ir de un pueblo a otro podía demandar largas jornadas de viaje y las noticias tardaban en llegar, una separación podía convertirse en una ausencia para toda la vida.
Agustín y Catalina nacieron en Aguaray, en el seno de una familia trabajadora. Pero la muerte de sus padres cuando eran pequeños cambió para siempre el rumbo de sus vidas. El tenía apenas 6 años y ella 4 cuando fueron enviados a distintos hogares. Desde ese momento, cada uno comenzó un camino diferente y durante ocho décadas no tuvieron certezas sobre el destino del otro.
La infancia de Agustín estuvo marcada por el sufrimiento. Fue recibido por la familia de un gendarme, donde atravesó situaciones de maltrato y violencia. A los 9 años, sin poder soportar más esa realidad, tomó una decisión que cambiaría su vida y escapó. Llegó hasta Villamonte, en Bolivia, donde tuvo que ganarse el sustento con los trabajos que encontraba.
A los 16 años volvió a Salvador Mazza y allí fue recibido por una familia de apellido Plata, que le dio un verdadero hogar. En ellos encontró el afecto y la contención que le habían faltado durante su infancia, y permaneció junto a esa familia hasta los 25 años, cuando inició su propio camino.
Catalina tuvo otro destino y pasó a trabajar desde chiquita en una casa de familia en Acambuco. Luego continuó su vida en Orán. Sin embargo, pese a los años y la distancia, siempre la acompañó la misma pregunta, qué había sido de aquel hermano con quien había compartido sus primeros recuerdos de infancia.
Durante ocho décadas, la vida los mantuvo separados. No hubo cartas, llamadas ni encuentros casuales que pudieran unir nuevamente sus caminos. Solo quedó el recuerdo de una familia que había quedado incompleta.
La búsqueda que volvió a unir una familia
La historia comenzó a cambiar cuando David Muñoz, uno de los tres hijos de Agustín, decidió reconstruir la historia familiar. Oriundo de Salta Capital, se instaló en Salvador Mazza y comenzó una búsqueda que lo llevó a descubrir una parte del pasado que parecía enterrada.
En ese camino apareció Ramón Muñoz. Las coincidencias familiares fueron revelando una verdad que durante años había permanecido oculta, eran primos. El padre de Ramón, don Firmo, ya había fallecido, pero él conservaba el vínculo con Catalina, aquella niña que décadas atrás había sido separada de su hermano. Desde entonces, la idea del reencuentro dejó de ser un sueño lejano. Ramón y David comenzaron a organizar el momento que toda la familia esperaba, que Agustín y Catalina pudieran verse otra vez.
El encuentro tuvo lugar en la casa de Ramón, en Salvador Mazza. David viajó con su padre desde la ciudad de Salta y Ramón acompañó a Catalina desde Orán.
Después de 80 años, dos hermanos que habían sido separados por las circunstancias de la vida volvieron a estar frente a frente. Catalina siempre había contado a sus familiares que tenía un hermano en Salta, pero que nunca había logrado encontrarlo. Esa historia que durante años parecía imposible finalmente tuvo un final distinto.
«La sangre tira»

En diálogo con El Tribuno, David Muñoz contó la emoción que significó ese momento y cómo una búsqueda que parecía personal terminó revelando una familia enorme. “Mi papá se crió solo… éramos tres Muñoz: mi papá, yo y mi hermano. Y de un momento a otro pasamos a ser 100”, relató.
La explicación estaba en todos esos familiares que aparecieron después de reconstruir la historia, hermanos, sobrinos, nietos y bisnietos que durante años habían permanecido separados por el destino. “Una de las hermanas de mi papá tuvo 13 hermanos, los otros casi igual. Sumados a los nietos y bisnietos llegamos al centenar de parientes directos. Tres de sus hermanos ya fallecieron”, explicó.
El momento del abrazo quedó grabado para todos. “Fue tremendo el reencuentro. Lloramos todos. Fue muy emocionante. La sangre tira… ninguno pudimos hablar, nos quebramos todos”, recordó David. También habló de una sensación que acompañó a su padre durante toda su vida, la necesidad de conocer sus orígenes. “Vivimos siempre con ese vacío… encontrar la identidad”, expresó.
La reunión tuvo el espíritu de las familias salteñas, una mesa compartida, historias que volvieron a aparecer después de décadas y sabores que acompañaron la emoción del encuentro. Hubo batata, chancho, humitas, mandioca y un vino tinto para celebrar una historia que finalmente pudo completarse.
Después de 80 años de preguntas, ausencias y caminos separados, don Agustín pudo cumplir un deseo que parecía imposible, el de volver a mirar a los ojos a su hermana Catalina y descubrir que detrás de aquella separación no había solo un recuerdo perdido, sino toda una familia esperando ser encontrada.

