Salta

Juancito, el niño que compartió su «merienda» en la escuela y dejó al descubierto una realidad que duele

La pobreza interpela a quienes la observan desde afuera, a quienes descubren detrás de una escena cotidiana una historia que duele, conmueve y obliga a mirar una realidad que muchas veces queda escondida entre las urgencias del día a día.

Juancito, nombre ficticio para preservar su identidad, es un niño real de un barrio humilde de la zona sureste de la ciudad de Salta. Como tantos otros chicos, su familia hace grandes esfuerzos para que pueda asistir a la escuela, con la esperanza de que la educación sea una puerta para cambiar un destino marcado por las dificultades económicas y las carencias.

Hace pocos días llegó al aula con una bolsa de sanguchitos que quería compartir con sus compañeros. El gesto llamó la atención de quienes conocían la situación de su familia, una casa humilde, con muchas necesidades y pocos recursos.

Cuando le preguntaron de dónde había sacado esa comida, Juancito respondió con la naturalidad propia de un niño, sin imaginar la preocupación que podía generar su respuesta. “Mi papá los trajo a casa. Los encontró en el Vertedero y me dio permiso para compartirlos con mis compañeros”, contó.

En esa frase, dicha desde la inocencia, quedaron expuestas varias realidades al mismo tiempo. La de una familia que busca sobrevivir como puede, la de un niño que no entiende los peligros que pueden existir detrás de un alimento arrojado a la basura y la de una infancia que, pese a sus propias necesidades, todavía encuentra espacio para pensar en los demás.

Juancito no llevó esos sanguchitos para lastimar ni para poner en riesgo a sus compañeros. Al contrario, lo hizo porque desde su mirada de niño, tenía algo para ofrecer y quería compartirlo con quienes, como él, tenían hambre.

Pero detrás de ese gesto noble aparece una situación que preocupa. Los alimentos encontrados en un basural pueden representar un riesgo para la salud por las condiciones en las que fueron descartados, el tiempo que permanecieron allí o la posibilidad de contaminación.

La historia de Juancito también tiene otro capítulo. Otra niña llegó a clases con galletas obtenidas de una situación similar. Sus padres las habían encontrado en el basural y se las dieron para que tenga algo para llevar a la escuela.

Son historias que hablan de pobreza, pero también de familias que viven al límite, de niños que naturalizan situaciones que ningún chico debería atravesar y de una sociedad que, muchas veces, pasa al lado de estas realidades sin verlas.

Pero también hablan de empatía, porque incluso en medio de la necesidad más profunda, un niño pudo pensar en sus compañeros antes que en él mismo. Quiso compartir lo poco que tenía, sin saber que detrás de ese gesto había una realidad mucho más grande que él.

La historia de Juancito deja una enseñanza doble, la enorme capacidad de los niños para compartir y pensar en los demás, pero también la urgencia de protegerlos de escenarios donde la vulnerabilidad puede convertirse en un verdadero peligro.

Prensa NotiNOA

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